Un gato

Martes 15/02/2011, por Alejandro M. Masedo (27 artículos)

Sirva este pobre texto como homenaje a todos los animales que sufren por nuestra culpa, por acción u omisión.

El patio entre los dos grandes edificios que se enfrentan es inmenso. Sirve de techo a la enorme habitación de los vehículos cuyos propietarios descansan no muy lejos, como antes los caballos se aparcaban en la cuadra, junto al hogar de sus amos. A dos de los lados de este rectángulo, sendas tapias coronadas de cristales asesinos pero que los gatos burlan sin problemas, encontrando allí su casa. Se les ve llenándose de sol, merendándose las migas que alguien, quizá sintiéndose generoso, les arroja. También juegan ignorantes, desdeñosos de aquel que les observa, divirtiéndose sin pagar derechos de taquilla.

Gatito negro mirando a la cámara

No hay ruidos. No hay niños que enturbien el aire con sus juegos. El tañer de las campanas del conventillo cercano se escucha aquí como lo harán las nubes que allá arriba nos observan: con solemnidad y limpieza. El marco adecuado de grandeza lo completa la lejana catedral, cuya torre se ve desde aquí.

Hoy, en un rincón obscuro de este patio, un bulto minúsculo ha surgido, de no se sabe dónde, escondiendo su negrura en la sombra negra de la esquina. Es casi imposible verlo, pero ¡ay! se le oye fácilmente.

El quejido, la llamada, resuena como un trueno, amplificado por la piedad que este pobre ser despierta.

¡MIAU! ¡MIAUuuuu…! repite sin descanso. Pero nadie le hace caso. No acuden en su ayuda sus congéneres que, egoístas, se comen los trocitos de comida que desde mi ventana arrojo a aquel desventurado. Tampoco los vecinos a los que corresponde el patio parecen advertirlo: no le acogen aquellos que se encuentran cerca del gatito, ni siquiera tras los vidrios aparece un rostro que acuda, curioso, a ver qué pasa.

Cae la tarde. La luz ya no es agresiva. El otoño está encima y el aire es más denso, más opaco. La tristeza del ocaso se hace material con el maullido que sigue intermitente, ¿sin cansarse? A mí no me cansa; me penetra hasta allá dentro, agresivo en su dulzura, vergonzante en su invalidez.

Pasa la noche, y un día y otra noche, y ahí sigue: MIAU, MIAUuuu…

¿Somos hombres? ¿O es que nuestro corazón se ha vuelto dura mantequilla que sólo se derrite con las miserias que vemos en la tele?


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Alejandro M. Masedo
Alejandro M. Masedo
Profesor jubilado

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