Soledad buena, fea y mala

Jueves 16/02/2012, por Alejandro M. Masedo (27 artículos)

En el fondo no somos más que esa bandada de sardinas que vemos moverse como en una danza en el documental televisivo. La soledad “buena” nos distrae de esa certeza.

En mi adolescencia leí un montón de novelas del Oeste. Aquellas que escribía, como uno de los más conocidos, Marcial Lafuente Estefanía, ingeniero y luego oficial del ejército de la II República que padeció cárcel al perder la guerra y allí empezó la serie de pequeños libros que le harían famoso, permitiéndole una llevadera subsistencia. También vi innumerables películas del ahora llamado western.

En el western, los personajes principales se clasifican muy claramente en dos: los buenos y los malos. No había medias tintas ni enredos sicológicos. Hacia el año 1966, el director Sergio Leone rompió este esquema regalándonos El bueno, el feo y el malo, donde el feo (un estupendo Eli Wallach) a veces era bueno, a veces malo y a veces daba pena.

Otra característica de este género ha sido la del héroe solitario que vaga por desiertos y montañas apartado del mundo, a veces voluntariamente, a veces huido de la sociedad.

Pues bien, aquí me voy a ocupar de la soledad y lo haré considerándola desde tres puntos de vista: la soledad buena, la mala y la fea.

Otoño. Una hoja solitaria sobre un muro de piedra.

Soledad, por OrniCosa

I. Soledad buena.

¿Piensas en lo agradable que será quedarte esta tarde en casa, solo, dedicándote a cierta actividad? ¿Eres de los que gustan de dar largos paseos pensando en tus cosas, recreándote en el paisaje o escuchando música? ¿Vas a un concierto o al cine con gusto sin esperar que nadie te acompañe?

Hay personas que eligen libremente vivir sin pareja. Antes se les llamaba “solterones/as”, sobre todo si era una mujer la que no se había casado, quizá porque faltaba ese factor fundamental, la libertad de elegir estado.

Parece que, por determinación evolutiva, somos seres sociales. Pero esto es un enunciado estadístico: los individuos concretos tenderán más o menos a estimar la soledad, si bien serán mayoría los que tiendan a sufrir de la

II. Soledad mala.

Lo contrario de lo mencionado arriba conducirá a soledad mala. Que voy a ampliar con otras situaciones distintas.

Puede sentirse soledad en medio de una multitud: viajando en un metro atestado, por ejemplo. Peor, quizá, sea aquella mencionada por Ramón Campoamor: “…¡Pero es más espantosa todavía la soledad de dos en compañía!”.

Algo parecido expresa Sándor Márai en sus tremendos Diarios (1984-1989), cuando dice: “Prefiero la soledad en solitario que la soledad en compañía”.

Así como en la primera soledad entraba en juego claramente la libertad personal (el pistolero bueno que disfruta de esas noches estrelladas mientras se prepara el tocino y el café), con la soledad mala la libre elección queda bastante malparada. Pero peor aun es la

III. Soledad fea.

Partimos, naturalmente, de que somos un resultado evolutivo. La jirafa, el tiburón, el hombre,… todos tenemos un origen común. Hace un tiempo, mucho pero finito, no éramos nada, quiero decir, sólo había materia inorgánica, sin vida. Piedra y agua, vaya. Así que no venimos de ningún sitio ni vamos hacia algún lugar. Cierto que hemos desarrollado saberes y poderes prodigiosos y sorprendentes: podemos llorar viendo la imagen de un pobre niño somalí o escuchando una rapsodia de Franz Liszt. Volamos o descendemos a distancias increíbles. Creamos Ong’s. Nos comunicamos con gente que está al otro lado del mundo.

Pero examinando el asunto desde una perspectiva radicalmente distinta (otro avance del humano) es fácil concluir que no somos nada especialmente importante.

En el fondo no somos más que esa bandada de sardinas que vemos moverse como en una danza en el documental televisivo. Pensemos en el universo: cuerpos celestes a millones y millones de años luz de distancia; monstruosos agujeros negros de los que da la casualidad que no estamos cerca. ¿Habrá vida en algún otro planeta de cualquiera de las muchas galaxias? ¿Y por qué no? Si damos la vuelta hacia nuestro planeta y atisbamos un poco, nos cuentan de posibles universos paralelos que ya no son meras trucos de novelas de ciencia ficción; avances cada vez más atrevidos en el conocimiento de nuestro cerebro, de nuestra mente, de lo que somos.

Ante este panorama, ¿es exagerado decir que estamos, cada uno de nosotros, radicalmente solos? El sentimiento de esta fea soledad, de ser experimentado con frecuencia y plenitud, provocaría, qué duda cabe, un derrumbamiento en las personas. Aquí entramos, sin libertad ni gozo, todos los humanos. Afortunadamente para ellos, muchos no se dan cuenta y no sufren; a la mayoría de la gente no le da por pensar en estas cosas. Debido quizá a un proceso de autoprotección, acudimos al expediente de “esconder la cabeza bajo el ala”, pensando que así “no nos ven”, o sea, que la realidad no es como es.

Ciertamente el señor Darwin nos trajo una soledad que seguramente el no sufrió en vida. Ante la queja sobre “la desesperación que producen algunas consecuencias del darwinismo”, el científico Richard Dawkins responde así: “Qué dura realidad si es cierto que desesperan a la gente. El universo no nos debe condolencia ni consuelo; no nos debe una agradable sensación de calor interno. Si es cierta [la teoría evolutiva expuesta] no hay nada que hacer y más vale que vivamos con esa certeza.”

Esta soledad, desde luego, tiene muy mala pinta.


Un comentario a “Soledad buena, fea y mala”

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  1. Huron dice:

    Excelente!!!! Creo que me quedo con la soledad buena y una pisca de la fea, solo por un poco de masoquismo!! Siempre es bueno saber que no somo más que un punto en la existencia…


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Alejandro M. Masedo
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Profesor jubilado

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