Sobre el duelo y su proceso

Martes 1/06/2010, por Marian Giménez (2 artículos)

“No apartes la mirada de la venda que cubre tu herida, pues por ahí te entrará la luz”

Rumi

Los versos del gran poeta místico sufí resumen lo que puede representar todo un proceso de duelo, esa “mirada sobre la herida”: no tenemos más remedio que vivir la ausencia de un ser querido, que viene representado como herida, porque nos ha dejado y es para siempre.

La presencia es la ausencia con todas las significaciones que para cada uno fueron o son importantes del que se ha ido. En toda pérdida, ya sea real o potencial, donde ese algo o alguien perdido deja de ser accesible para nosotros, uno también ha dejado de ser algo para el otro que ya no está o para ese algo que se perdió (y esto es aplicable a otro tipo de pérdidas: desde un divorcio a una pérdida de un empleo).

Me detengo en la palabra mirada. Mirada nos evoca la contemplación de algo y por lo tanto no indica solamente la acción de ver. En nuestra cotidianeidad vemos muchas cosas, pero existe una diferencia cuando las contemplamos; se introduce aquí una dimensión temporal intrínseca en un proceso de duelo. El duelo es también tiempo; un tiempo y un espacio de mirada para contemplar la herida (los ciegos no ven pero sí contemplan).

Elaboración del duelo

Ilustración tomada de Calcetines del revés

Mirar tiene sus raíces en verbo latino mirari, que significa extrañarse, admirarse. En este sentido, el proceso de duelo conlleva una extrañeza por el que se ha ido. Lugares y espacios que se compartían; ropa, palabras, risas, olores… ya no los encontramos donde esperábamos. Por lo tanto, la mirada-contemplación en el duelo supone un proceso temporal-espacial donde se pueden experimentar vivencias subjetivas tremendamente variadas. Es frecuente el dolor, el llanto, culpa, rabia, enfado, sentimientos de soledad, reproches a uno mismo junto con somatizaciones donde el cuerpo habla de lo que se ha perdido (dificultad para conciliar el sueño, molestias digestivas, dificultad para respirar o más vulnerabilidad a infecciones, por ejemplo). Se pueden tener sensaciones auditivas y visuales, pensamientos intrusivos sobre el muerto, dificultad para concentrarse o hasta fallos en la memoria.

Rumi nos dice que no apartemos la mirada sobre la herida, pues por ahí entrará la luz. La herida es portadora de luz, pero las maneras de “caminar un duelo” son profundamente subjetivas y existen múltiples variables y acontecimientos personales que pueden complicar de manera dramática este proceso. El ser humano necesita habitar en una serie de certidumbres ficticias y yo diría que necesarias para vivir. Son realidades en las que articulamos diariamente nuestro mundo. Pero algo ocurre de pronto y desaparece lo que creíamos tener; especialmente en nuestra cultura occidental en la que vivimos sistemáticamente en la filosofía del tener y del poseer.

Por otra parte, la actual crisis económica pone de manifiesto otra crisis de valores de la que no se debate casi nada. Todo vale: tengo que vivir como un rico aunque no lo sea; vivo como si no me fuera a morir nunca; consumo sin parar; si me separo enseguida encuentro un sustituto…

La prisa, aliada de la competitividad feroz, nos impide detenernos a “mirar” y revisar lo que sentimos. Por eso muchas veces cuando sobreviene la pérdida de un ser querido la vida no sólo se rompe sino que se hace imposible de reconstruir. Esta cultura es la de los objetos narcóticos, que impiden integrar la muerte y la pérdida en nuestros proyectos de vida.

Sin embargo el duelo y su elaboración no los podemos relacionar inmediatamente con algo patológico. Cuando perdemos a alguien querido hay sentimientos más o menos comunes, anteriormente mencionados, que todos tenemos. En la elaboración de un duelo podemos convertirnos en parte activa y echar mano de recursos que ya tenemos. Nuestra filosofía de vida, nuestra profesión, aficiones, carácter, el rol familiar que ocupamos, el entorno social, las creencias espirituales y rituales inventados o que formen parte de la tradición… todo ello puede ayudarnos a realizar la despedida. Se trata de construir nuevas narrativas sobre nuestra vida y sobre aquello que hemos perdido.

El proceso de duelo puede ser una oportunidad de gran renovación y transformación. No se trata de una ruptura abrupta y definitiva con el que se ha ido, sino de elaborar el relato que nos ayude a convivir con esa ausencia. En palabras de Goethe, otro gran poeta, “mientras no mueras y resucites de nuevo, eres un desconocido para la oscura tierra”.


3 comentarios a “Sobre el duelo y su proceso”

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  1. Josefina dice:

    Seguramente vemos mucho, demasiado, pero contemplamos poco, y ese es uno de los motivos de nuestra insatisfacción. Saludos, J.

  2. JOAQUIN dice:

    Perdido y sin elaborar el luto vagabundeaba por las calles. No tener donde ir ni lo que hacer es una ventana a la locura. Tú me enseñaste a no encerrarme en mí mismo, a aprender a pedir ayuda y a compartir. Elaboré mis lutos.
    Luego aproveché mis recursos y me he creado de nuevo. Ahora tengo una nueva vida, a mis seres queridos y a mi arte. Gracias M por intentar entender el cosmos y a mí. Besos J

  3. Alejandro M. Masedo dice:

    A propósito de duelos, el otro día vi una película adecuada, creo, para después de este interesante artículo. Se trata de “Despedidas”, “Okuribito”, del director japonés Yôjirô Takita. Una delicia, y eso que va de eso, de duelos. Acabo de ver un pequeño video sobre ella en la dirección: http://www.20minutos.es/cine/cartelera/pelicula/30221/despedidas/
    A.


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Marian Giménez es psicóloga y psicoterapeuta, especialista en adicciones. Actualmente trabaja en terapia individual, parejas y familias.

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