Reaccionar ante lo que nos pasa

Jueves 7/03/2013, por Patricio de Blas (32 artículos)

Lo que ocurre hoy, sin quitar un ápice de responsabilidad a personajes que lo han cabalgado, tiene mucho que ver con el individualismo, el pasotismo, la irresponsabilidad, el mirar para otro lado, el taparse la nariz al votar, el no pedir recibos. La ausencia, en fin, de entidad del cuerpo social que formamos.

Ante quienes todavía creen en la utopía, y frente a lo de cualquier tiempo pasado fue mejor, Javier Castañeda nos proponía la semana pasada la retirada al disfrute de las pequeñas cosas. Si el ensimismamiento pesimista y estéril conduce a la parálisis y a la melancolía, el carpe diem rebajaría la bilis y, al menos, nos haría más llevadero el trago.

Ilustración: Quien proporciona la retórica (uno) / Quienes producen un cambio real (muchos)

"Quien proporciona la retórica / Quienes producen un cambio real", por J. Rothhaas

Coincidiendo en la primera parte de su tesis, propongo a los lectores de esta revista una aproximación diferente (¿o simultánea?) a la de Javier, que nos sitúe ante lo que nos pasa de una forma más activa. Permítanme que lo haga echando mano de nuestra historia reciente.

Para bien o para mal, ocurre que los períodos de bonanza, en cualquier orden que contemplemos, y las catástrofes sociales, no se han debido a la suerte, a la coyuntura o a la intervención providencial o funesta de hombres singulares, sino que han venido precedidas de actos u omisiones de amplios sectores de la sociedad que los prepararon y favorecieron.

Pensemos en dos ocasiones, ambas positivas para tener la fiesta en paz. En la llamada “Edad de Plata” de nuestra cultura, recuerden el impulso creador de los primeros años del siglo pasado (Generaciones del 98, del 14 y del 27). Esta etapa estuvo precedida por la labor inteligente, perseverante y callada del movimiento regeneracionista de fines del XIX y, especialmente, por la labor de la Institución Libre de Enseñanza, de la Junta para la Ampliación de estudios, del instituto-Escuela, y un largo etcétera.

De igual modo, el impulso democrático que puso fin a la dictadura en los años setenta, sin menoscabo de los políticos que la pilotaron, surgió y se nutrió de un entramado urbano de movimientos sociales (colegios profesionales, movimientos vecinales, sindicalistas, plataformas ciudadanas, revistas semiclandestinas…) que habían creado el ambiente propicio y en cuyo seno se habían formado los hombres y mujeres que asumieron la tarea de llevarlo a la práctica.

Pues bien, todo indica que lo que nos pasa ahora, sin quitar un ápice de responsabilidad a personajes que lo han cabalgado, tiene mucho que ver con el individualismo, el pasotismo, la irresponsabilidad, el mirar para otro lado, el taparse la nariz al votar, el no pedir recibos…, la ausencia, en fin, de entidad del cuerpo social que formamos.

Habrán deducido la moraleja: plantar cara y exigir como votantes, como ciudadanos y como consumidores y, desde luego, volver a construir, pacientemente, el tejido social utilizando las instituciones que todavía sobreviven para recrearlas. Los lectores de Vida Sencilla, más jóvenes, más dinámicos y más al tanto de los resortes que nos ofrece la tecnología que el jubilado que suscribe sabrán cómo hacer esto hoy.


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