¿Quién controla tu mente?

Jueves 17/02/2011, por Natalia Martín Cantero (54 artículos)

La felicidad, la depresión y los estados de ánimo de todo tipo pueden contagiarse. Estudios recientes indican que, en contra de lo que se creía hasta hace poco, el sistema inmunológico y el nervioso no son dos mundos separados sino parte de un todo que interactúa constantemente.

Hace tiempo que creo que los sueños son contagiosos, y quizás las noches de insomnio, la buena y la mala suerte, la felicidad, la tristeza y, en contra de lo que dice el refrán, hasta la hermosura. Mira por dónde la ciencia podría darme, al menos en parte, la razón.

Ilustración: un biberón alimenta a un cerebro

Educación, por Sean MacEntee

Hasta hace poco, se suponía que el cerebro estaba aislado del sistema inmunológico. Sin embargo, tal y como indican las investigaciones recién publicadas en NewScientist (gratis, pero hace falta registrarse), la felicidad, la depresión y los estados de ánimo de todo tipo podrían, por así decir, contagiarse. Esto quiere decir que si te encuentras de excepcional mal humor o te comportas de manera extraña, además de las razones obvias (la falta de sueño o la regla; en mi caso la combinación de ambos factores lo explica casi todo) podría ser consecuencia de una infección, o incluso de enfermedades que no cogiste cuando eras pequeño.

“Se creía que el sistema inmunológico y el nervioso eran dos mundos separados”, señala John Bienenstock, de la Universidad McMaster de Hamilton, en Canadá, a la publicación. “Sin embargo parece que el sistema inmunológico y las infecciones pueden influir en nuestro estado de ánimo, nuestra memoria y nuestra capacidad de aprender”.

Algunos comportamientos extraños, como los desórdenes compulsivos, podrían deberse a infecciones, y el sistema inmunológico podría incluso influir en detallitos de nuestra personalidad como lo ansiosos o impulsivos que seamos.

Se abre así un mundo de posibilidades: puede que haya que tomar antibióticos, en lugar de consultar a un psicólogo, para curar obsesiones extrañas. Por otro lado, el declive de la memoria cuando envejecemos podría deberse en parte al desgaste de las células del sistema inmunológico, lo cual da vía libre a nuevas perspectivas para tratamientos médicos. O, si estás depre, todo lo que necesitas bien podría ser un pinchazo de determinadas bacterias “amigas”.

Supongo que todo esto nos devuelve al famoso mens sana in corpore sano. Pero también apunta a la efectividad, puesta en entredicho por no pocas mentes cuadriculadas, de disciplinas que, como el yoga, plantean al ser humano como un todo, donde lo visible y lo invisible cuentan por igual. Y, de la misma manera, a las limitaciones de un modo de operar alopático, dispuesto a sacar la sierra mecánica, si hace falta, para filetearnos en partes que –¿en qué idioma hay que decirlo? – no son divisibles.


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