¿Piensan los bancos?

Martes 12/04/2011, por Alejandro M. Masedo (27 artículos)

“Pues claro que los bancos piensan, y mucho: menudos negocios hacen todo el tiempo”. Pero no van por ahí los tiros. Me permito reconvenirles, porque quizá no acuden a estas páginas con la adecuada disposición espiritual. Los bancos a los que me refiero son aquellos, como el de la imagen, que sirven para sentarse. Y quizá para algo más, que es lo que paso a explicar.

Cuando uno pasea es conveniente llevar una actitud meditativa, contemplativa o similar. Así que yo no iba pensando en lo que iba a almorzar, la interesante actriz Emma Thompson o cómo controlar la calefacción de casa.

Un banco en unos jardines; al fondo, un pantano y una llanura

Por eso, al circular por un paraje solitario, me ha llamado la atención inmediatamente este banco vuelto de espaldas a mí. Parecía intencionada su postura: “no quiero saber nada de ti, caminante, estoy a lo mío, a estos árboles, a ese pantano tan azul que se ve a lo lejos”. Y de ahí ha surgido la interrogación, si quieren retórica, pero muy en serio: ¿pensará este banco? ¿Contempla el paisaje todo el tiempo, sin cansarse nunca, siempre reconcentrado en lo que ve?

Quizá haya habido algo así como un proceso de transferencia de tantas y tantas personas que se han sentado en este bien colocado banco, de sus sentimientos, de los comentarios con el compañero, si lo había, y ahora nuestro asiento, cuando queda solo, también él analiza cuanto ve, que es mucho y hermoso. A fin de cuentas el proceso evolutivo ha construido verdaderas maravillas.

Llevado por la situación, fantaseaba. “Qué pena que ya no viva Isaac Asimov, que tantos y tan buenos relatos de robots escribió. Le propondría un cuento en el que un técnico-científico, a partir de una sustancia capaz de asimilar y acumular recuerdos humanos, creara un robot-asiento. Este robot humanoide se colocaría de buena mañana en un lugar rodeado de atractivos naturales. Se sentarían algunas personas que pasaran por allí. Si sus conversaciones o pensamientos fueran ajenos a la belleza del lugar, él –nuestro robot– de forma telepática les induciría sentimientos más elevados. De paso, en secreto, podría llevar una estadística de cuánto ceporro se pasea por el campo sin apreciar nada de lo que ve.

Bien pensado, quizá podría buscar algún editor a quien ofrecer, a buen precio, esta idea para una novela o, más productivo, una serie de televisión. O quizá podría, el susodicho empresario, sacar al mercado otra vez el entretenido a la vez que interesante volumen de relatos Sueños de robot, añadiendo como gancho este nuevo, titulado: El robot banco.
Se admiten sugerencias.

A la memoria de Francisco, gran observador.

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Alejandro M. Masedo
Alejandro M. Masedo
Profesor jubilado

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