Mi gata y la evolución

Jueves 9/12/2010, por Alejandro M. Masedo (27 artículos)

El otro día mi gata, Tila, un tanto mosca por un supuesto desplante mío hacia ella, me dijo: “¿De qué vas, tío? Que tú no eres nada, como yo…” Iba a contestar con un bufido (para que me entendiera, pues, la muy astuta, sabe hacerse entender pero se hace la tonta con las respuestas), pero me di cuenta de que tenía razón.

Intentaré aclarar esto. Toda materia (nuestro cuerpo, por ejemplo) está formada de átomos. Según un modelo un tanto simple y antiguo pero efectivo para mis fines, un átomo es una especie de bola que tiene, a su vez, unas cuantas partículas (electrones) en la superficie y algunas más (protones y neutrones) en el centro. Lo que interesa destacar aquí es que todas estas partículas no abultan prácticamente nada en relación a la esfera-átomo. Es decir, el átomo está casi totalmente vacío.

La gata Tila

Los átomos se reúnen en moléculas. Éstas en células. Y nuestros cuerpos, nosotros, resultan ser agrupaciones de células. Por supuesto, en ningún momento los átomos iniciales se comprimen para ocupar menos espacio. ¿Conclusión? Somos mera apariencia, estamos huecos, vacíos. No somos (casi) nada. Así que Tila tenía razón e hice bien en callarme.

Pero, ya saben, cuando se meten con uno, es difícil aceptarlo sin más. Así que me quedé pensativo. Y encontré argumentos. “Yo puedo leer y escribir, y Tila no. Elaboro comidas (no muchas, cierto). Hasta soy capaz de retirar algo de mi alimento para dejárselo a mi gata desagradecida”. Al cabo de un rato no me sentía del todo convencido.

Quizá por eso me puse a leer un libro que tenía (con pereza de gato) desde hace tiempo aparcado. Se trata de “Evolución. El mayor espectáculo sobre la Tierra”, de Richard Dawkins (¿recuerdan las campañas de “El autobús ateo”? Dawkins colaboró en ellas). Hace tiempo leí, de este mismo autor, “El espejismo de Dios”, de título bien enunciativo, con el que aparte de instruirme puedo decir, sin ningún ánimo de frivolidad, que me lo pasé bastante bien.

Dawkins nos habla, obviamente, de evolución. Nos sirve un montón de ejemplos del fenómeno evolutivo (y contraejemplos de los creacionistas, a los que va dirigido en buena parte este libro, con frecuentes varapalos), nos enseña o aclara qué es la teoría evolutiva, la selección natural y conceptos relacionados.

Los humanos y los gatos tenemos un ancestro común a partir del cual hemos evolucionado hasta lo que somos (ellos y nosotros). ¿Recuerdan lo que rumiaba yo al principio, ante la respuesta de Tila? En esencia: nosotros, los humanos, somos más inteligentes que los gatos. Les invito a que echen un vistazo, o mejor, lean al completo “Evolución”. El autor se refiere a “monos” y “lombrices”, porque quizás le pareció un poco fuerte decir “hombres” y “gatos”. A ver qué les parece.

Por mi parte, me quedo con esta reflexión: ¿a quién debo estas líneas mejor o peor llevadas? Pues a mi gata, es obvio. Para que luego digan.


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Alejandro M. Masedo
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Profesor jubilado

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