Meditación y estrés

Martes 7/06/2011, por Natalia Martín Cantero (54 artículos)

¿Cómo puede ser que el simple hecho de centrarte en tus pensamientos tenga tales efectos físicos como desacelerar el ritmo de envejecimiento?

La manera en que está formulada esta pregunta, que llega del artículo anterior, está ya en sí misma impregnada de la educación cartesiana que la mayoría de nosotros, incluida la que suscribe, ha recibido.

Pero comencemos por el principio. Quizá la manera más sencilla y directa de aproximarse –digo aproximarse, ojo, quizá un centímetro o dos– a lo que la meditación puede hacer por nosotros sea en relación a la manera de responder al estrés.

Composición abstracta (degradado radial de blanco a azul claro)

Meditación, por Temari

Cuando el cerebro detecta una amenaza en el ambiente (te persigue un perro rabioso, por ejemplo), envía al cuerpo las señales de alarma que te permitirán enfrentarte al perro o salir corriendo con más efectividad: el corazón y la respiración se aceleran, tus pupilas se dilatan, la digestión se detiene, etc.

Es una respuesta muy útil para escapar o luchar contra este animal, y es lo que permite que consigas correr como una bala o saltar un muro que unos momentos antes parecía infranqueable. Pero el precio es alto: son momentos de gran desgaste para el cuerpo.

Ocurre que el cerebro no distingue entre una amenaza real e inmediata (se desata un incendio en tu casa) y otra imaginaria (una discusión, por ejemplo). Hay gente que va por ahí como si tuviera un perro rabioso permanentemente amarrado al trasero. O sea, con estrés crónico a causa de problemas en el trabajo, presión ante las deudas o una ex-novia que no le llama. Este estrés crónico incrementa el riesgo de contraer desde diabetes a enfermedades del corazón. Y, cómo no, también afecta a los telómeros, esa especie de “reloj” que limita el tiempo de vida de las células del que hablábamos en el artículo anterior.

La meditación –que, por cierto, es una cosa distinta a la reflexión, aunque a veces la palabra se utilice en ese sentido– es una poderosa herramienta para transformar la manera en que respondemos a los eventos externos. Una mente calmada y estable reacciona de forma muy diferente a otra agitada. Y es esta respuesta –nuestra percepción de lo que sucede y no el acontecimiento en sí– lo que determina la cantidad de estrés que vamos a experimentar.

Obsérvese cómo lo que a uno le supone un estrés tremendo a otro le parece una tontería, y viceversa. Nada es verdad ni mentira, todo depende del cristal con que se mira, le gustaba repetir a mi abuelo. Quien, por cierto, en su vida había oído hablar de meditación.

Un centímetro o dos, ya lo había advertido…


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