La globalización de la salud mental

Lunes 24/05/2010, por Natalia Martín Cantero (54 artículos)

Ocurre como con las alitas de pollo, la música rap o las series de televisión: Estados Unidos ha conseguido exportar al resto del mundo su particular concepto de las enfermedades mentales y, con ello, sus enfoques y métodos para curarlas. Esto es lo que defiende el escritor y periodista Ethan Watters en su último libro “Locos como nosotros: la globalización de la psique americana” (Crazy Like Us: The Globalization of the American Psyche, sin traducción al español por el momento).

A finales del siglo pasado, el gigante farmacéutico GlaxoSmithKline quería llevar Paxil, un antidepresivo superventas en EEUU, a Japón. El temperamento serio de los japoneses, la alta tasa de suicidios y la grave crisis económica que sufría el país lo convertían en blanco perfecto. Sin embargo, la multinacional tenía que superar un importante escollo: lo que hace que los antidepresivos sean un medicamento tan lucrativo en EEUU, donde la depresión es una enfermedad de andar por casa, era totalmente nuevo en Japón, que lo considera un mal muy grave que requiere atención altamente especializada.

Dicho de otra manera: los japoneses no sabían que tenían un problema con la depresión hasta que los creativos de la farmacéutica se lo dijeron.

Algo similar ocurre con los otros tres casos en los que Watters centra su investigación: Zanzíbar (Tanzania), un país en el que la esquizofrenia ha reemplazado a la posesión por un espíritu; Sri Lanza, donde los técnicos occidentales enviados para ayudar después del tsunami esparcieron el trastorno por estrés post traumático al explicar a los supervivientes cómo tenían que reaccionar tras el desastre; y Hong Kong, donde hasta hace poco por anorexia se entendía algo bien diferente.

Crazy Like Us

Portada de "Locos como nosotros", de Ethan Watters

Se trata de síntomas que “se están convirtiendo en la lingua franca del sufrimiento humano, reemplazando las formas indígenas de enfermedades mentales”, escribe Watters.

El libro parte de la base de que las formas que adquiere la locura son muy diferentes dependiendo del lugar y de la época. Tomemos, por ejemplo, el caso de las miles de damas de clase media que, a mediados del siglo XIX, se desmayaban víctimas de ataques de histeria. Mientras ellas se desmayaban, muchos hombres europeos entraban en un estado de trance que los impulsaba a caminar durante cientos de kilómetros sin tener ni idea de quiénes eran ni, por supuesto, dónde iban, según cuenta Ian Hacking en su libro “Mad Travelers”.

En cualquier momento histórico, escribe Watters, aquellos que se preocupan del cuidado de los enfermos mentales, ya sean chamanes, curas o médicos, inadvertidamente ayudan a seleccionar qué síntomas se reconocerán como “legítimos”, y dan forma a las narrativas que ayudarán a entender lo que está ocurriendo. “Estas historias, ya hablen de un espíritu poseído, pérdida de semen o falta de serotonina, predicen y dan forma al curso de la enfermedad”.

O sea: una enfermedad de la mente no puede entenderse sin las ideas, hábitos y predisposición de la mente que lo alberga. Es una cuestión de etiquetas. Lo que una cultura llama tristeza, y cura con oraciones, otra lo llama depresión y lo trata con Prozac.

Esta diversidad de síntomas está llegando a su fin. En el proceso de enseñar al resto del mundo a pensar como ellos –o sea, que todo individuo que sufre un problema mental reaccionará igual que un norteamericano– los estadounidenses han conseguido exportar su modelo y transformar no sólo el tratamiento sino también la expresión de la enfermedad mental en otras culturas.

Los arcos del McDonald´s

Lo que no ofrece el punto de vista occidental, indica el autor, es un conocimiento más profundo de cómo las expectativas y las creencias del paciente moldean su sufrimiento. “Los arcos dorados del McDonald’’s no representan el aspecto más problemático de nuestro impacto en otras culturas”, señala Watters. Lo peor, indica, es que los estadounidenses están aplastando el paisaje de la humana, “inmersos en el grandioso proyecto de americanizar el entendimiento global de la mente humana”.

No se trata de rechazar los avances médicos. El problema es que estos son difícilmente separables de nuestras creencias culturales particulares y, lo que es más importante, los mayores descubrimientos en torno al cerebro no han servido para crear el tipo de narrativa que nos ayude a encontrar el confort y significado que necesitamos como seres humanos.

Detrás de la promoción de las ideas occidentales de salud mental y curación hay muchas asunciones sobre la naturaleza humana. Los occidentales comparten, por ejemplo, las creencias sobre qué tipo de episodio vital es probable que deje a una persona traumatizada.

“Las ideas que exportamos a menudo tienen un sello evidentemente americano que consiste en psicologizar el día a día”, argumenta el escritor. Ideas muy influenciadas por la separación cartesiana entre mente y cuerpo, la dualidad freudiana entre el consciente y lo inconsciente, así como las muchas escuelas de salud y autoayuda que separan la salud del individuo de la del grupo.

Cada vez medicalizamos mayores parcelas de la experiencia humana, apunta Watters, porque hemos perdido contacto con aquellos sistemas de creencias más antiguos que una vez dieron significado y contexto al sufrimiento humano. Así las cosas, ofrecer las últimas teorías y tratamientos en un intento de aminorar el estrés que se deriva de la modernización y la globalización no es la solución; podría ser parte del problema. Cuando echamos por tierra otros modos de curar, contribuimos a acelerar los fuertes cambios que están en el corazón de buena parte de las enfermedades mentales.

Para saber más:


Un comentario a “La globalización de la salud mental”

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  1. Josefina dice:

    Así es. Los usos yanquis están ya bien metiditos dentro de nuestras neuronas.


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