El verano y las burbujas

Viernes 13/07/2012, por Natalia Martín Cantero (54 artículos)

A menudo vivimos atrapados en nuestra propia burbuja. La fuerza de los hábitos y la falta de tiempo nos impiden percatarnos de ello. Las vacaciones son apropiadas para observar nuestro pequeño mundo desde fuera, y conectar con aquello que realmente importa.

Hace unas semanas me fui de viaje a San Francisco. Hacía cinco años que no visitaba la zona donde pasé una parte importante de mi vida, y fueron días intensos de reencuentro con amigos que durante aquella época prácticamente fueron mi familia. Una de las cosas que observé fue cómo cada uno estaba en su burbuja. Salté de casa en casa, de burbuja en burbuja, y me pareció que cada una era un país distinto, regido por lenguajes y normas diferentes. La preocupación de uno era el alivio de otro. Lo que disgustaba allí encantaba allá.

Ilustración: una ballena toma un refresco con burbujas observando el mar

Ballena carbonatada, por Etringita

¿Qué tiene que ver esto con las vacaciones? Creo que son un momento apropiado para observar nuestra propia burbuja con la curiosidad de un extraño. Ver desde fuera cómo funciona ese pequeño mundo a nuestra medida. Nos parece inamovible, estático, único y, sin embargo, sólo es una de tantas burbujas, una de tantas apreciaciones de la realidad que, a menudo, se convierte en una cárcel. ¿Qué son, si no, los hábitos cuando dejan de servirnos?

Un par de años atrás escribí un largo artículo académico en el que elucubraba sobre el futuro de la información y del periodismo digital. Repasé sesudos informes y las teorías más o menos apocalípticas de otros tantos gurús. En suma, di muchas vueltas al asunto. Cuando ya tenía casi listo al artículo, me topé con estadísticas que indicaban que la penetración de Internet en el mundo no llega al 24 por ciento. Para la mayoría de las personas del planeta, la discusión sobre el periodismo digital es un absurdo: uno no piensa en construir un jacuzzi cuando no tiene agua para beber. A mí, en mi burbuja, se me había olvidado, y este dato me recordó la relatividad de las cosas.

Todo es susceptible, en fin, de ser relativizado si uno tiene la modestia y la valentía de ponerse otras gafas con las que contemplar el mundo. Otra forma de mirarlo es esta: ¿qué es lo que no cambia, esté donde esté, haga lo que haga, me sitúe en la burbuja que me sitúe?

Hace unos días tuve ocasión de entrevistar a un joven monje Zen de visita en España. Le pregunté lo obvio: qué consejo dar a los jóvenes en esta coyuntura de paro, desesperanza, etc. Y el monje me dio dos respuestas. Primero: busca fortalezas dentro de ti, y actúa desde dentro hacia afuera. Segundo: la pobreza es muy relativa. Yo no tengo ninguna posesión, exceptuando alimentos sencillos y una cama austera para dormir, me dijo, y soy feliz.

No hace falta convertirse en monje, desde luego, pero relativizar es imprescindible. Una anécdota que ya he contado otras veces: hace unos años pasé un tiempo en la cuneta de una carretera brasileña con varias familias del MST (el Movimiento de los Sin Tierra, los campesinos que luchan para poder cultivar un pedazo de tierra y por la reforma agraria en Brasil). Esta gente compartió conmigo su lata de sardinas. Vivían en condiciones ínfimas, pero por la noche admiraban la Luna y hablaban de justicia social. No poseen nada, pensé, pero se tienen a ellos mismos. Desde entonces he hecho muchas veces la reflexión a la inversa. La tristeza de estar rodeado de bienes pero vacío por dentro, como un colegio sin niños. Seguro que conoces a más de uno.

Las vacaciones son, en fin, un momento para cultivar esa riqueza interior. Y como se ha dicho tantas veces, para frenar. Cuando uno se para, lo cual es cada vez más difícil en el mundo always on en el que vivimos, es libre para tomar decisiones sin verse arrastrado por el movimiento de alrededor.

Hagamos “nada” como los niños. Para ellos, “no hacer nada” no significa estar inactivo. Significa hacer algo que no tiene un nombre. Puedes recapturar ese momento de total serenidad si simplemente renuncias a poner una etiqueta a todo lo que haces, dice Veronique Vienne en “El Arte de no hacer nada”. Una buena lectura para este verano. Y una idea: “hacer nada” cuando estés fregando los platos, haciendo la compra o hablando por teléfono.   

Y, si quieres hacer algo, consulta nuestra sección de recomendaciones para vivir de forma sostenible y disfrutar más de lo que te rodea.

¡Feliz verano! Nos vemos en septiembre.


4 comentarios a “El verano y las burbujas”

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  1. Me ha gustado mucho el artículo, hoy en día estamos tan centrados en lo material que se nos olvidan muchas cosas que de verdad importan. Me quedo con la frase del monje: busca fortalezas dentro de ti, y actúa desde dentro hacia afuera.
    Creo que cada uno de nosotros tiene algo que demostrar al mundo pero sobre todo, demostrarnos a nosotros mismos. La vida es un camino para aprender y esforzarnos cada día!
    Felicidades por la web, la he descubierto hoy y me está atrapando :)
    Isabel

  2. Natalia Martín Cantero dice:

    Gracias por la atención, Isabel. El mensaje del monje es, efectivamente, muy importante. Siempre, pero en particular en momentos de crisis.

    Un saludo,
    Natalia

  3. Fuco dice:

    Exquisito artículo Natalia. Me encanta. Comparto cada punto y cada coma. Comparto también la visión del monje, en tanto intento cada día afrontar mis problemas de dentro para afuera (no siempre lo consigo). En cuanto a lo de las posesiones que agobian nuestras burbuja he de reconocer que tengo mucho camino por recorrer todavía. Gracias por tu artículo.

  4. Vida Sencilla dice:

    Gracias por la atención, Fuco. Yo también tengo mucho camino por recorrer! Lo importante es darse cuenta. Saludos,
    Natalia


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