El arte de la protesta

Viernes 19/04/2013, por Patricio de Blas (32 artículos)

En época de tanta tropelía, las protestas deberían ser tan constantes como bien meditadas, si aspiran a ser algo más que un desahogo visceral que se agota en su misma expresión.

Como tantos individuos de mi generación, en ocasiones me asomo a la ventana de la red para curiosear las reacciones y las opiniones de la gente sobre acontecimientos, personas y políticas de actualidad .Y me pregunto si esas críticas, espontáneas u organizadas, influirán, en algún sentido, en las personas, empresas e instituciones a las que interpelan y si de ellas derivará alguna mejora en sus políticas, productos comerciales o conductas.

Bocadillo de pensamiento (de cómic)

Que el asunto preocupa a las empresas parece evidente, a juzgar por la proliferación de expertos en marketing online, y por el desarrollo de toda una teoría de respuesta a las críticas que les llegan por esta vía. En recetas breves (reglas o consejos –en números redondos: 3, 5 o 10- para hacer frente a las críticas), como corresponde al medio, los expertos animan a las empresas a estar atentas, reaccionar con rapidez y, a la vez, con calma, evitando la confrontación, a asumir responsabilidades y pedir perdón, llegado el caso. Tal diligencia y sabiduría en “la parte contraria” contrasta, me parece, con las limitaciones de la parte reclamante, con la que suelo identificarme a menudo.

Bocadillo de palabra (de cómic)

Me explico.

Probablemente, uno de los motivos que nos alejan de los políticos, aparte la corrupción y la falta de criterio para encarar la realidad que vivimos los ciudadanos, es la sustitución de la discusión racional por argumentos “ad hominem” y el “ytúmás”, con que pretenden tapar su falta de proyecto y de discurso político. Por suerte, parece que cada día somos más los que pasamos del alineamiento borreguil con los nuestros a un distanciamiento crítico que nos permite discernir y ser conscientes de que nos están tomando el pelo. A todos.

Por eso, en época de tanta tropelía, las protestas deberían ser tan constantes como bien meditadas, si aspiran a ser algo más que un desahogo visceral que se agota en su misma expresión. El lenguaje zafio de muchos mensajes de protesta que se cuelgan en la red, por ejemplo, reproduce, sin quererlo, lo malo de ese discurso político que detestamos: insultos en vez de razones, falta de memoria, de respeto y hasta de sentido del humor. Y, lo que es peor, ofrece al interpelado una excusa para no entrar a considerar la verdad de fondo que alimenta la protesta y aun para convertir en agravio y desafuero a su persona y a la democracia, lo que no es sino muestra de la desesperación que su manera de hacer está generando.

Algo de esto puede estar pasando con esa otra forma de protesta, el escrache.

Ilustraciones: Bocadillos (pensamiento y palabra), por Ian Burt.


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Profesor jubilado

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