El arte de amargarse la vida

Viernes 24/01/2014, por Natalia Martín Cantero (54 artículos)

Si nos pasamos buena parte de la vida haciéndonos infelices a nosotros mismos, ¿no sería útil obtener consejo experto para hacerlo bien? Esto es lo que pretende la sátira El arte de amargarse la vida, un clásico que acaba de cumplir su 30 aniversario.

En las últimas horas –por no hablar de días o semanas– me he topado con al menos diez artículos del estilo de 20 claves para ser un poco más feliz o 12 cosas que la gente feliz hace (los artículos que van precedidos de un número al parecer venden más, pero esta cuestión ya la abordaremos en otro momento).

Caricatura de un tipo infeliz

Tipo infeliz, por Gwendal Uguen

El caso es que hoy, que estoy de mal humor y, por tanto, me cuesta seguir consejos del tipo “Aprender de cada situación vivida en vez de sentirte víctima”, también me he topado con un artículo interesantísimo que comienza así:

Nos pasamos buena parte de nuestra vida haciéndonos infelices a nosotros mismos. ¿No sería útil obtener consejo experto para hacerlo bien?

Se trata de la propuesta del psiquiatra Paul Watzlawick, cuya sátira El arte de amargarse la vida cumple este año su 30 aniversario pero sigue de plena actualidad: nos invaden los consejos de todo pelaje sobre cómo ser más felices, pero ¿dónde están las recomendaciones para ser infelices? “Pero qué dices” –piensa el lector– “¡nadie quiere ser infeliz!”. Es entonces cuando –y sigo aquí el hilo argumental del artículo que acabo de citar– conviene recordar a ese conocido que se aferra a la relación que le hace sufrir como un clavo ardiendo; a esa amiga que se embarca en una sucesión de parejas imposibles; a ese otro que acude a comer cada domingo a casa de sus suegros, o aquel que dice sí a todo lo que debería decir no, y viceversa.

Para ilustrar esta tendencia, Watzlawick cuenta esta anécdota: Una anciana llama a la policía para quejarse de que hay unos jóvenes bañándose desnudos en el río al lado de su casa. Las autoridades obligan a los bañistas a alejarse orilla arriba. Pero la señora no se queda satisfecha, y vuelve a coger el teléfono: “Si subo al tejado con unos prismáticos, todavía puedo verlos”.

Además de hacernos reír, los consejos de Watzlawick sobre cómo alcanzar la infelicidad dan más pistas sobre la tontería humana y cómo superarla que la mayor parte de los artículos sobre el tema juntos. Por ejemplo: en la comunicación para ser infelices (e infligir a otros nuestra infelicidad), explica cómo existen dos niveles en cada comunicación –el nivel del objeto y el de las relaciones. Para conseguir la máxima infelicidad es crucial confundir los dos, como en la frase: “¿Te gustaría llevarme al aeropuerto mañana a las 5 de la mañana?”. La respuesta es simultáneamente “no” al nivel del objeto (¿a quién le agrada levantarse en medio de la noche?) y “sí” al nivel de la relación (es un sacrificio que estás contento de hacer). Así que, respondas lo que respondas, se produce un cierto grado de resentimiento y sospecha. Otra táctica bien conocida es ofrecer dos opciones que se excluyen mutuamente, como “Dale a tu hijo dos camisas como regalo. La primera vez que lleva una de ellas, pon cara triste y dile ¿no te gustó la otra?”. Parece algo burdo, pero se trata de perfeccionar la técnica fijándose en algún maestro. Si prestas atención encontrarás alguno, seguro, entre tu círculo de amigos y familiares.

Watzlawick es, en fin, experto en mostrarnos cómo infligir malestar en nuestra vida cotidiana. Desde usar el pasado como una fuente de infelicidad (como en “cualquier tiempo pasado fue mejor”) hasta soñar con imposibles o evitar hacer frente a la realidad. Su libro ofrece una inteligente y divertida panorámica de las fragilidades humanas. Concluyamos con una de las meditaciones que propone para ejercitarnos de manera práctica en este arte de la infelicidad:

“Sentado en tu silla, cierra los ojos y lleva la atención a tus zapatos. En poco tiempo notarás lo incómodo que es estar calzado. Independientemente de lo bien que te quedasen hasta ahora, en este momento comenzarás a notar zonas donde se ciñen demasiado, y sensaciones de malestar como frío, calor, dedos encogidos, rozamientos, etc. Practica hasta que el hecho de llevar zapatos se vuelva decididamente poco cómodo. Sal a la calle, cómprate otro calzado y date cuenta de que, aunque te quedaba perfecto en la tienda, en poco tiempo te ocasiona el mismo malestar”.


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