Drogas naturales

Viernes 25/06/2010, por Alejandro M. Masedo (27 artículos)

Esta tarde, a una hora en que ya esperas el crepúsculo, estaba yo sentado en una espléndida terraza. Yo conmigo mismo, sin ruidos de coches ni de voces siquiera, en un momento que describiría con una única palabra: apacible.

Delante de mí, casi media circunferencia de campo verde, de un junio todavía verde. Alguna nubecilla, una leve brisa, suficiente para poder ver esa maravilla del balanceo de las copas de algunos árboles que sobresalen de esta terraza, situada en una parte alta de las afueras de la ciudad.

Y, de repente, las campanas. No, una campana. Estoy leyendo un libro en el que se habla, entre otras cosas, de la muerte, en tono serio pero no trágico, con sus dosis de humor inglés. Las campanadas suenan separadas, lentas, solemnes, quizá inquietantes, aunque, como el libro, nada amenazadoras. En momentos así, cuánto añora uno no ser un Juan Ramón Jiménez para expresar sólo eso, el sonido expandido por el aire como una sucesión de globos silenciosos. Silenciosos, sí, porque esta campana que tañe así, no sé a propósito de qué, parece que no perturbara el silencio que me rodea.

El sonido expandido por el aire como una sucesión de globos silenciosos

¿De dónde procede ese sonido celestial? En esta ciudad hay muchas iglesias, pero ninguna a la vista. Así que no me cuesta ningún esfuerzo de imaginación colocar en ese sencillo arco, situado a pocos metros de mí, la campana que quizás añora desde los tiempos en que fue construido, y concederle la gracia de suponer que ha sido él el causante de mi pequeño éxtasis.

Pero estaba falseando la realidad: no hay silencio. Multitud de pájaros, vencejos eternamente voladores, no cesan de emitir sus CHIIRRR… formando una maraña de verdaderos chirridos que, sin embargo, no molestan, como no lo hacen las flores plantadas en este agradable lugar o las hormigas que hasta aquí se han colado.

Quizá ha sido eso: unos violines en una melodía alegre y una trompa que irrumpe gravemente imponiendo su majestad a los agudos de las cuerdas.

¿Me habrán añadido una droga en la cerveza que he pedido?

¡No! Un paisaje, un silencio, un buen libro, eso es la droga.

El sol cae, cumplida su jornada. Los vencejos se retiran, ¿a dónde irán?

Cierro el libro. ¿Soñará el sol? Quizá las campanadas quedan flotando en el aire y nos acompañan, a él en su sueño y a mí en mi soledad.

PS. ¡Ah! El libro es Nada que temer, de Julian Barnes, y arranca así: “no creo en Dios, pero le echo de menos”. No es novela, ni ensayo o autobiografía; quizá una mezcla de todo eso. Barnes habla de su familia de una forma que no recuerdo haber encontrado en otros libros; cuenta pequeñas historias y anécdotas que ponen de relieve su enfoque sobre ese aspecto de la vida del que tan poco se habla: la muerte. La de cada uno, no la del concepto abstracto al que llamamos así. Todo esto, claro está, con un fin, reflejado en su título: el “nada que temer” se refiere a sus miedos respecto del fin de su vida. Barnes no es viejo, no está enfermo (que yo sepa), pero ¿quién no tiene miedo?

Un libro no se lee de principio a fin en un par de horas. Pero una terraza como ésta en la que estoy divagando, con sus vistas, campanadas y demás sensaciones agradables, cerveza incluida, tiene el mérito de que quede toda su lectura como condensada en una tarde feliz.


6 comentarios a “Drogas naturales”

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  1. Azul dice:

    El verano llama a estas reflexiones. A sentarse en una terraza y dejarse llevar por un libro, observar la gente que pasa… son placeres sencillos pero que procuran gran felicidad.

    Azul, como el mes de junio

  2. mome dice:

    Ya lo decía Cervantes:” Lo que se sabe sentir se sabe decir”.
    Me gustan esos momentos de reflexión y que los compartas con los demás.

  3. PICCI dice:

    casi me senté a tu lado, oendo a las campanadas y embriagándome de ese verde inmenso…gracias por abandonarte aquí.

  4. Nacho dice:

    Invita a hacer lo mismo. Gracias por recordarme esa sensación. Tal vez sean verdaderos momentos de felicidad.

  5. Alejandro M. Masedo dice:

    Si los vencejos se van y viene algún amigo a compartir el momento, la charla y otra cerveza, eso ya puede ser el paraíso. ¿Cuándo quedamos?
    A.

  6. maribel dice:

    No ´sé si entraré, lo he intentado varias veces y no lo he conseguido


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Alejandro M. Masedo
Alejandro M. Masedo
Profesor jubilado

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