Dos fotos

Martes 27/07/2010, por Alejandro M. Masedo (27 artículos)

Tengo aquí delante dos fotografías pequeñas, estrechas, en forma de señalador de páginas, ese elemento que añade un algo de coquetería a los libros que uno lee.

Poseo muchos puntos de lectura, no diré que los colecciono, pero sí un grado menos, los almaceno. Y a veces, ante ciertos libros, me encuentro buscando el señalador adecuado: el más apropiado por su tamaño (que no sobresalga de las páginas), el más bonito, el más indicado por alguna circunstancia.

Dos fotos (la nieta de Alejandro M. Masedo)

Pero no uso estas fotos como marcapáginas. Aunque cuide de esos puntos que vuelvo a guardar una vez cumplida su misión, a veces se pierden o quedan en el libro. Y estos son un tanto especiales para mí. Ahí están en el atril que tengo sobre mi mesa, con otros muchos objetos quizá inútiles, quizá vivificadores para mí. A veces, con los libros y papeles que pongo en el atril, lo puntos se descolocan o caen y parece que jugaran, que me provocaran, a ver si me atrevo a guardarlos con los demás; pero eso nunca ocurre, con paciencia vuelvo a ponerlos en su balda, aunque quede poco espacio.

Estos retratos, pues eso son, están separados en el tiempo apenas por un año. Y siendo de la misma persona, qué sensaciones tan distintas (no opuestas, ojo) sugieren. La más antigua está hecha en verano, el personaje lleva faldas largas hasta los pies, calzados con sandalias abiertas. El vestido es escotado, como conviene a la época, con tirantes. Le añade un punto de frescura a la cara sonriente, de boca y ojos.

Lo primero que salta a la vista es la impresión de inocencia, de sorpresa y curiosidad; de contento por lo que le entra por los ojos. Los brazos extendidos con las manos abiertas, los pies medio cruzados (está sentada en unas escaleras, pero parece como si estuviera derecha) todo ello incrementa la sensación de alegría de vivir, de simplemente estar.

La segunda fotografía es otra cosa. Debe ser invierno, lleva un pantalón largo y negro, y jersey blanco. El tono de esta foto es más obscuro, por eso se agradece el detalle (no intencionado, la instantánea fue hecha casi por sorpresa) de la camisa roja que sobresale por el cuello, añadiendo un punto de viveza a la escena. Está medio vuelta, de cintura para arriba, como mirando en escorzo al autor del retrato (que soy yo).

Detrás de ella (o delante, según se mire) se aprecia una máquina de escribir, de las de siempre, vieja pero todavía capaz de prestar servicio: las teclas funcionan, el carro se desplaza, todo suena bien. Eso es lo que estaba haciendo (o simulándolo) la protagonista. Su mirada no sonríe, como la otra; más bien parece como recriminar que se la interrumpa en su importante tarea. Aunque se advierte, en sus labios un como reconocimiento de que está, al fin y al cabo, posando para la instantánea. En suma, en comparación con la otra, parece seria, mayor.

¿Ya lo ha adivinado el lector? Es mi nieta. Los jubilados suelen tener nietos. Y suelen ser bastante pesados en el maltrato que infieren a sus amigos y familia hablando y hablando de “sus” pequeños, relatando por extenso sus hazañas. No participo de esa costumbre, probablemente me quede corto en ese hábito.

Pero uno no se abstiene de comentar lo guapa que es tal o cual actriz, o lo hermosa que es la puesta de sol que contemplamos, o una pintura, o la maravilla de cierta melodía.

¿Por qué no iba yo a expresar lo que me sugieren estas dos fotografías?


Un comentario a “Dos fotos”

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  1. mome dice:

    Los nietos, esas personillas tan pequeñas, son quizá los que dan más ?,no sé si más, pero si mucho sentido a la vida de los mayores y pueden contribuir a nuestra felicidad.


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Alejandro M. Masedo
Alejandro M. Masedo
Profesor jubilado

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