De qué nos examinan, y por qué

Jueves 16/06/2011, por Patricio de Blas (32 artículos)

Junio, mes de exámenes, tiempo de “las notas”. Con ese pretexto les propongo una meditación atípica: les invito a preguntarse, no por los resultados, sino por las preguntas que nos hacen los que examinan. Tómenselo como un ejercicio de autodefensa del que, tal vez, saquemos alguna moraleja.

Las reglas de juego no han cambiado en doscientos años. No, desde luego, en los últimos sesenta a los que alcanza mi memoria de examinado y examinador. Las atrevidas –y razonables– propuestas de suprimirlos hechas por la Institución Libre de Enseñanza, y los intentos de cambiar su nombre y su sustancia a partir de 1970, como saben todos los que han examinado y han sido examinados, han fracasado de manera sistemática. De ahí nuestro interés por lo que se pregunta y por cómo se pregunta.

Una silueta de una chica estresada por los exámenes

Demasiado estrés por los exámenes del colegio..., por Theophilos P.

Normalmente, respuestas por escrito a cuestiones sobre los contenidos de los programas. Los formatos más abiertos, y más aptos para medir algo diferente a la pura reproducción de nociones, hechos, teorías o procesos aprendidos, se relegan o se desvirtúan. ¡Ay, el comentario de texto…! ¿Qué hacer ante la comodidad, la facilidad y la “objetividad” de las pruebas más tradicionales? Ni siquiera las variadas posibilidades de hacer trampas que las tecnologías ofrecen a los adolescentes avispados han convencido a la academia de la necesidad de revisar sus modelos.

Con buen criterio, el Ministerio de Educación publica, junto a los resultados por países y Comunidades Autónomas, las pruebas –en lengua, matemáticas y ciencias- que la OCDE pasa periódicamente (informes PISA 2003, 2006, 2009) a los quinceañeros de los países miembros. Y resulta que, a diferencia de lo que aquí nos preocupa, lo que interesa a los examinadores de la OCDE no son los conocimientos adquiridos por esos chavales sino su capacidad para utilizarlos y aplicarlos a situaciones de la vida real. Porque no son programas abultados y exámenes tradicionales lo que propone ese organismo como respuesta a los retos del mundo de la información que nos toca vivir.

Interrogante final a título de moraleja. La rutina secular de parcelar conocimientos en compartimientos estancos, de identificar el saber –cultura- con la simple acumulación de contenidos inertes, de asociar el éxito –el sobresaliente- con la repetición fiel de lo enseñado ¿habrán tenido que ver con nuestra incapacidad para distinguir el grano de la paja, con nuestra probada falta de criterio para atar cabos y sacar conclusiones, con la pasividad, en fin, de la ciudadanía?

¿O es, tal vez, por eso por lo que nos siguen preguntando lo mismo, y de la misma manera, en los exámenes de junio?


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Profesor jubilado

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