De mayor, pequeño

Martes 22/03/2011, por Javier Castañeda

Un tema recurrente en la infancia es intentar escrutar el futuro de los niños. La mayoría son asaeteados frecuentemente por los mayores con la misma pregunta sobre su futuro. Como contestación, normalmente se suele obtener un extenso elenco de atípicas, disparatadas y, a veces simpáticas respuestas sobre todo tipo de profesiones. Estas surgen de la fantasía propia de una edad que no entiende de límites y en la que prácticamente todo es posible.

Sin embargo, durante las últimas décadas es posible detectar un fenómeno acuciante que se encarga de inyectar estrés en la aorta de la infancia: es entonces cuando esa inofensiva pregunta deja de cobrar tintes meramente de juego; pasa de lleno a la especulación y cercena de raíz lo que debería ser un espacio protegido de la infancia. Hay casos en los que, quizá movidos por un afán de competitividad extrema, corolario lógico de una sociedad que fomenta el individualismo a ultranza- los padres deciden directamente -o al menos intentan planificar- la infancia de sus vástagos y aniquilan esa “zona de juegos”, debido a la triunfitis crónica que arrecia en muchos países desarrollados. La idea generalizada es la de pensar que, “como el panorama está tan mal, mi hijo ha de triunfar y ha de ser una estrella para destacar como sea de entre la multitud”.

Tres columpios vacíos

Columpios, por The Queen of No

En otras ocasiones, la secuencia es mucho más simple y no viene promovida por el ego, la codicia, o el deseo de los padres de brillar a través de sus hijos. En otros casos, simplemente a causa de unos horarios que impiden no ya sólo a las madres conciliar su vida con el trabajo, sino a cualquiera con algo parecido a su propia vida, surge esa necesidad de aparcar a los niños en el garaje de las extraescolares; con lo que pronto el niño necesitará una potente agenda electrónica con mucha memoria para organizar su vida. Pero lo peor es que, con la hiperocupación de su tiempo, además de un aprendizaje-collage de los más surtidos y variopintos conocimientos -que van desde el judo hasta el macramé; por el mismo precio los niños absorben directamente todo el estrés del mundo de los mayores, a una edad en la que supuestamente, no toca.

Obviamente tales decisiones no suelen formar parte de ninguna conspiración contra la infancia sino de la vida actual. Y que, al fin y al cabo, muchos piensan que no es tan mala solución (“a ver si no qué hacen los padres tantas horas con los niños”, suele ser la respuesta). Pero además, algunos piensan que así ya se van acostumbrando al ritmo frenético que rige el día a día de muchos mortales; es decir, que lo ven como un perfecto entrenamiento para el futuro. Pero aquí volvemos, como en un bucle, al punto de partida que comentábamos antes: la competitividad. Un informe recientemente aparecido de la Academia Americana de Pediatría reflexiona sobre los efectos de una macroagenda de actividades extraescolares como la actual, y concluye que “matricular a los niños en un gran número de actividades no es la mejor manera de ayudarles”.

Quizá vivamos en una sociedad con individuos con síndrome de Peter Pan que se resisten a crecer y que prefieren pasar su vida buscando a Campanilla; pero a partir de agendas tan estructuradas y como resalta dicho estudio “con pocos refuerzos en otras áreas primordiales, no nacerán de modo automático los mecanismos o valores que pergeñan la personalidad del individuo”. Además, casi siempre que se habla de juegos infantiles suele hacerse para criticar los videojuegos, pero pocas veces se analiza lo mal visto que está jugar en general, pues asociamos crecer y hacerse adulto y responsable con la seriedad. Aunque tal y como mostraba un muy interesante reportaje sobre Google, una empresa que se jacta de tener a algunos de los mejores talentos del mundo, tienen muchas zonas con áreas de juego, pues saben que estimula la creatividad y la innovación. O sea que, en una sociedad que predica que su valor a futuro está en la innovación, mejor dejar de preguntar a los niños sobre su futuro y sentarse a jugar con ellos. Dice George Moustaki que siempre tuvo muy claro que, de mayor quería ser viejo. Personalmente, y si se trata de recuperar esos espacios de juego, no tendría dudas al responder: “yo de mayor, quiero ser pequeño”.

Este artículo se publicó originalmente en Patologías Urbanas el 25 de enero de 2007.

3 comentarios a “De mayor, pequeño”

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  1. Hola Natalia, buenos días!!! Qué ilusión me ha hecho que rescataras este articulito. Por ello no me he resistido a complementarlo con un vídeo que, a mi parecer, es brillante (y su complemento ideal). Se titula ‘15 días en agosto’ y lo hizo Tropofilms. Os dejo el enlace:
    http://www.youtube.com/watch?v=QVtXe99Ytdc
    “Borregos, que traen al mundo borreguitos…” Es genial. De mayor, pequeño ;-) Saludos, Javier

  2. Natalia Martín Cantero dice:

    Gracias a ti, Javier. Enseguida veo el vídeo. Personalmente, cuanto más mayor más pequeña quiero ser. No sé que pasará cuando llegue a octogenaria. Un saludo, Natalia


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