De los ciruelos a la risa

Martes 7/09/2010, por Natalia Martín Cantero (54 artículos)

Feliz regreso de vacaciones. Espero que hayáis disfrutado, descansado, experimentado. Quizá haya sido un tiempo de crecimiento y expansión. De encuentro con nuevas ideas o formas de vida, con gente fascinante. De resolución de conflictos. O de relajo y descanso. De no hacer nada. O quizá una pizca de todas esas cosas al mismo tiempo.

La primera parte de mis vacaciones transcurrió en Plum Village (el “pueblo de los ciruelos”), donde se encuentran los cuarteles generales del maestro zen Thich Nhat Hanh. La rutina en este centro del sur de Francia es simple. Las instrucciones también. Básicamente, cuando haces algo, sólo haces ese algo. Cuando lavas los platos, lavas los platos. Te fijas en el contacto del agua sobre tu piel y respiras. Cuando alguien te habla, escuchas. Cuando caminas, lo haces con toda tu atención, como si ese acto de poner un pie delante del otro fuese lo más importante del mundo. En ese momento, eso es todo lo que importa.

De vez en cuando –antes de comenzar una actividad, cuando la gente se alborota o entre actividad y actividad– suena una campana, y ese es el momento de frenar y volver a la respiración. Es, como dicen en Plum Village, el momento de “volver a casa”, que no es otra cosa que volver a uno mismo.

Monja paseando entre los ciruelos en Plum Village

Monja paseando entre los ciruelos en Plum Village

En la vida cotidiana, el ímpetu de la rutina a menudo es tan fuerte que frenar parece imposible, casi tanto como parar a un autobús en marcha con un hilo de pescar. Y así, es fácil dejarse llevar: comes o consumes sin necesitar realmente el alimento o los objetos; dices que sí cuando en realidad sientes que no; te enzarzas en discusiones que ni te van ni te vienen; alimentas los cotilleos; te dejas llevar por la ira, porque la fuerza del momento es más fuerte que tu determinación para no hacerlo. Quizá sea motivo más que suficiente para acercarte a un lugar como este.

Thich Nhat Hanh a menudo se refiere a lo importante que es reconocer las condiciones para la felicidad que están presentes dentro y alrededor de nosotros. De esta manera, incluso si la vuelta a la rutina cotidiana, al trabajo y demás obligaciones se vuelve agobiante, puedes pensar que otras personas que observen tu situación no encontrarían obstáculos para la felicidad. Es tu percepción negativa de la realidad lo que te hace infeliz.

Hay prácticas que ayudar en gran medida a elegir una percepción positiva del entorno donde estamos. La meditación es una de ellas. El yoga es otra.

Y a eso dediqué la segunda parte de mis vacaciones: visité la escuela Witryh, en las montañas de navarra, para practicar yoga en pareja, danza yoga y diferentes tipos de meditación. “El yoga y la meditación deberían ser fiesta, una alegría, un éxtasis”, dice Javier Satrústegui (Soma). Las ideas de Soma toman la forma de una práctica muy sui géneris en la que se mezclan posturas (ásanas) tradicionales con baile y todo tipo de meditaciones, desde la risa a la contemplación de la puesta de sol (en la imagen de aquí abajo).

Personas contemplando la puesta del sol

¿Una mujer castellana y Tauro como la que suscribe riéndose porque sí, porque le dicen que se ría en una meditación de la risa? Y hete aquí que resultó una de las experiencias más liberadoras del verano. Vencer ese muro que se resiste a dejar ir. Si fui capaz de reírme entonces, ¿por qué no hacerlo ahora, según escribo estas líneas?

Con esa sonrisa os dejo.

PS. Si este verano ha contenido algo importante para ti, quizá te apetezca volver a los tiempos del cole y escribir una pequeña redacción. Acompáñala de una fotografía y envíanosla.


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