Cuento de Vidacorriente

Jueves 15/11/2012, por Alejandro M. Masedo (27 artículos)

Me llamo Vidacorriente y espero entreteneros un rato, como debe hacer todo cuento que se precie.

Yo soy un cuento, como esos que empiezan por “Erase una vez…”, aunque no penséis que de los que llaman del tiempo de Maricastaña, no. De ahora mismo, aunque con algunos años encima. Así que caben en mí historial tanto los braseros como el ordenador; el carro de mulas junto con los trenes ultrarrápidos.

Cuento de Vidacorriente

Ya que voy a contaros (por algo soy un cuento) curiosidades que me conciernen, será bueno que me presente: me llamo Vidacorriente y espero entreteneros un rato, como debe hacer todo cuento que se precie.

No sé quién me puso este nombre, quizá lo hizo con un poco de mala sombra pues, efectivamente, mi vida es un tanto anodina, sin aventuras, conquistas o proezas. Ni tiene retorcimientos sicológicos de esos que tanto se cotizan hoy en día.
Quizá, para ser un cuento, me falte un tanto de presunción, como esa que luce uno cuyo nombre no recuerdo, pero sí su letra, que era así: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. ¡Qué frescura! Si yo hiciera lo mismo, podría despedirme ya sin más rodeos de vosotros. Aunque bien pensado, pobre cuento, ¡qué poca vida tiene! Pero qué vamos a hacer nosotros si los que se llaman humanos son así de antojadizos e imprevisibles y nos zarandean, encogen y estiran a su gusto.

Nací de un humano, como todos, en una cavidad que tienen en su parte más alejada de la tierra que pisan. Por esta separación algunos humanos se quejan de que pierden contacto con la tierra en la que viven apegados. Dicen “¡Tengo una idea!” y entonces la engordan un poquito y se sienten orgullosos. No advierten que nosotros también colaboramos, que a medida que crecemos vamos generando, por destilación de nuestro vivir, más de eso que llaman “líneas” y algo tendremos que saber y decir nosotros de nuestra propia vida.

Un humano nace al cabo de nueve meses. Nosotros no funcionamos así. A veces nos emancipamos en unas horas (de humanos atrevidos), a veces hasta años tardamos en salir al aire (también hay humanos perezosos, o simplemente pesados). Yo, Vidacorriente, siento que soy independiente, que viajo de unas cabezas a otras, o me quedo simplemente vagando por ahí. Que aumento o disminuyo según lo que voy viviendo, que nunca soy idéntico a mí mismo aunque me siga llamando igual. Los humanos tienen la ilusión de aprisionarnos en lo que llaman “papel” o “eBook” para así hacernos totalmente suyos. Vano empeño. Yo veo que cada uno que me lee me interpreta de distinta manera; a unos les gusto y a otros no. Incluso los hay que tienen la osadía de cambiarme de nombre y decir que soy suyo. Pero no, yo siento que soy de todos los que se paran conmigo, y eso es tanto como no ser de nadie, ser libre.

Los cuentos también sufrimos de pena y angustia. Si nadie nos lee o escucha en labios humanos, ¿qué somos? ¿existimos? Yo creo que sí, que en algún lugar vivimos si lo hemos merecido y no imagino un cuento tan malo que desagrade a todos, pues hay humanos de infinitas clases. Mujeres y hombres, por ejemplo, que parece que tienen gustos un poco distintos. Niños que leen toda clase de inventos; medianos y viejos (estos a veces nos tratan con desapego: con los años sienten que sólo importan los datos, lo práctico). Y hasta caben los… ceporros, así creo que se etiquetan, que son capaces de tragarse cualquier cosa. Otros hay (un rayo les caiga) que dicen de historias más o menos diluidas “¡eso son cuentos!” con toda su mala idea. Y hasta creo que existen humanos que no pueden leernos porque no saben. Estos sí que dan pena.

¿Que dónde está mi argumento? Hombre, hombre, que eso ya se ha pasado de moda…

Un cuento tiene mucho de caprichoso; yo lo soy y por eso voy a dejaros aquí, para no cansarme y cansaros pues, según he oído por algún sitio, “malo es lo muy poco; aburrido lo excesivo”. Yo seguiré errando como un pájaro, posándome aquí y allá según me plazca.


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Alejandro M. Masedo
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Profesor jubilado

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