Cenicienta se comió a mi hija

Martes 1/02/2011, por Natalia Martín Cantero (54 artículos)

Si dejas que una niña en edad preescolar campe a sus anchas, te encontrarás con un vestuario unicolor y monotemático. Disney lo sabe bien: tiene más de 26.000 artículos de princesas en el mercado. ¿Es tan diferente con los adultos? ¿Hasta qué punto nos libramos de los condicionantes que hacen que nos identifiquemos con los artículos de consumo?

Vestidos y zapatos de princesa (rosa), espejitos de princesa (rosa), teléfonos (rosa), peines y horquillas (rosa)… En su último libro, titulado “Cinderella Ate My Daughter” (“Cenicienta se comió a mi hija”, sin traducción al español por el momento), la escritora y periodista Peggy Orenstein se dedica a investigar qué viene antes, si el huevo o la gallina. Si la cursilada es innata o derivada de las influencias culturales y sociales alrededor. O algo entre medias.

Fondo rosa con gatitos dibujados

Estampado rosa, por webtreats

“¿Es todo este rosa necesario?”, pregunta Orenstein a un representante de la industria en una feria de juguetes para niñas donde impera este color. “Sí, si lo que quieres es ganar dinero”, responde el ejecutivo.

Orenstein encuentra una explicación interesante en la psicología evolutiva. Hasta los siete años, los niños están convencidos de que los signos externos (la ropa, el pelo, su color favorito, los juguetes que eligen) determinan el sexo de cada cual. “Tiene sentido, entonces, asegurarte de que vas a permanecer en el sexo en el que naciste y que te vas a adherir rígidamente a las reglas tal y como las percibes”, dice Orenstein. Por eso, los niños de 4 años, que están en lo que se llama “la etapa inflexible”, se convierten en sus propios jefes en lo que se refiere a política de género.

Es en este punto cuando Orenstein comprendió enteramente el porqué de la atracción magnética de las niñas hacia las princesas de Disney. Desde un punto de vista del desarrollo, indica, en la industria son genios, ya que se anticipan a las necesidades en el preciso momento en que las niñas necesitan probar que son niñas, cuando se aferran a las imágenes más exageradas que ofrece la cultura para probar su feminidad.

“Para una niña en edad preescolar, un vestido de Cenicienta es nada menos que un certificado de existencia existencial, un baluarte para fortificar un sentido de identidad todavía tambaleante”, dice la escritora.

Influenciar y/o manipular a una criatura de esta edad parece suficientemente sencillo. Pero vayamos un poco más allá. Enlacemos con el documental Comprar, Tirar, Comprar, por ejemplo, y sus referencias a esa mentalidad para la obsolescencia programada, aquella que basa su mismísima existencia en la posesión de un objeto nuevo.

¿Es tan diferente con los adultos? ¿Hasta qué punto nos libramos de los condicionantes que hacen que nos identifiquemos con los artículos de consumo? ¿En qué basas tu identidad?


3 comentarios a “Cenicienta se comió a mi hija”

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  1. Gerardo Mtz. Bta. dice:

    Tiene mucha razón este articulo. Yo veo el problema en la hija de mi actual pareja; que deja a la niña creer que es una princesa para todo aunque siendo sincero de princesa no tiene nada. Me da mucho miedo que cresca con esa idea de que es una princesa y al paso de los años tenga un trauma muy grande y que todo para ella sea verse bien sobre sus estudios…

  2. jose dice:

    ¡¿Por qué este tipo de libros nunca se traduce?! Arg. Mi sobrina lo tiene todo rosa y sus padres no saben inglés.

    La cosa es que esto es reciente. En los 70 esta segregación por sexo apenas existía. Todos sabemos que los 80 fueron una década conservadora que se cargó los avances de los 60 y 70, y de ese charco no hemos salido aún.

  3. [...] El primero es sobre un libro que en cuanto acabe esta entrada pienso comprar, en inglés, porque no lo hay en castellano: “Cinderella ate my daughter” (Cenicienta se comió a mi hija) de la escritora y periodista Peggy Orenstein donde analiza la obsesión de las niñas por las princesas… os pongo el enlace con la promesa de que en cuanto me lo lea os pongo mi opinión personal: [...]


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