Ahora

Viernes 1/03/2013, por Javier Castañeda

Transcurren días inciertos en los que cada vez es más común encontrar gente muy preocupada por el futuro. Esto no es nuevo. Siempre hubo quien bien por inquietud, bien por escapismo, buscan consuelo al proyectarse en un futuro mejor.

Y si esa proyección no lleva asociada ninguna acción encaminada a cambiar las cosas, allá por algún lugar próximo a Babia, podremos encontrarlos: todo el día imaginando lo bonito que va a ser todo cuando esté perfectamente colocado tal día de tal año. A veces es tan exagerado que puede resultar hasta peligroso realizar algún comentario que dé al traste con esa personal visión de lo proyectado, ya que esos sujetos viven por y para sus sueños, e intentar cambiar su visión de ese futuro perfecto, puede ser considerado un ataque personal en toda regla.

Ilustración: un reloj. Pasan las hojas. Una pequeña judía va convirtiéndose en una calavera.

También los hay que tienden a quedarse siempre mirando atrás. Rezagados, como anclados en el pasado, incapaces de aceptar los cambios y rezongando siempre aquél clásico que ensalza los buenos y viejos tiempos. Tampoco estos seres parecen posicionarse en muy buen lugar ante su existencia, pues por mucho que uno insista, e incluso consiga congelar lo más posible su estancia, resulta inevitable sucumbir -más tarde o más temprano- al paso del tiempo. Pero lo cierto es que, sin que suene lúgubre, somos perecederos. Y salvo milagros antiaging u otros remedios similares, que lo único que permiten es driblar algunos retazos al calendario, algunas arrugas a la cara o robar algunos instantes al tiempo, resulta imposible e inevitable conseguir que este pase. Luego, no parece servir de mucho quedarse anclados en el allá.

No crean que hablo desde esa distancia que da el saberse lejos de según qué fenómenos. Es más bien al contrario. Encuentro tan frecuente -entre todas las personas que conozco, y me incluyo- el vivir inclinados hacia uno de esos dos extremos del tiempo, e incluso saltar de uno a otro, según los casos, que lo infrecuente es encontrar gente ubicada en el “ahora”, es decir, en el momento presente. No se trata de no tener sueños. No se trata de no tener pasado. Simplemente se trata de transitar con mayor frecuencia por el presente, aunque solo sea por hacer justicia a la realidad, ya que es el único momento cierto que tenemos. Nuestra única certeza, podría decirse.

Disculpen esta emoción casi infantil ante algo que quizá para muchos puede resultar muy obvio, pero es que, al igual que Sabina “huyendo del frío buscó en las rebajas de enero”; quizá huyendo del desgaste que provoca ese balanceo entre tan intangibles extremos, hace no mucho que me tropecé con el ahora y reconozco que intentar vivir un poco más centrado en el momento presente -al fin y al cabo, lo único que tenemos- resulta, al menos para mí, una opción mucho más grata y certera que intentar desgranar esas briznas de vida apostado por cualquiera de los otros dos.

Durante mucho tiempo he pensado que era magnífico poder desenvolverse de un modo muy acorde con los tiempos, como es la multitarea. Pero cada vez descubro un mayor encanto en intentar prestar atención plena a algunos de los más preciados instantes de vida. Así, cualquier gesto cotidiano -desde una copa de vino, hasta un paseo o un amor- tomado con atención, no solo cobra una intensidad inusitada en el momento en que surge, sino que permanece prácticamente intacto como parte de nuestra esencia. Quizá porque, como recuerda Jon Kabat-Zinn, en su último libro titulado Mindfulness en la vida cotidiana, “la mejor manera de captar pensamientos es prestar atención y así es como cultivamos atención plena, que significa estar despierto: saber qué estamos haciendo; porque cuando empezamos a fijarnos en qué está tramando nuestra mente, volvemos a funcionar con el modo de piloto automático y nos desconectamos de lo que estamos haciendo”. Quizá para recobrar el ser, haya simplemente que volver a ser. Sin más.

Este artículo se publicó originalmente en Patologías Urbanas el 11 de marzo de 2010.

Ilustración: Paul Muller


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